ABC: Maduro estaría pasando muy malos momentos en la cárcel en Nueva York
Todas las noches grita que lo han secuestrado y que es el presidente de Venezuela.
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En Nueva York, en uno de los inviernos más duros que se recuerdan en la costa este de Estados Unidos, la caída de Nicolás Maduro ya no se mide solo en términos de poder, discursos o control territorial. Se mide en unos pocos metros cuadrados. En una puerta metálica.
En una litera fija al muro. En el ruido seco de los cerrojos. Y, según fuentes conocedoras de su situación, en una voz que rompe la noche desde una celda cerrada: «¡Yo soy el presidente de Venezuela! ¡Díganle a mi país que he sido secuestrado, que aquí se nos maltrata!».
La escena no figura en los autos judiciales. No está transcrita en ninguna vista. Pero es el relato que circula en el interior del Centro Metropolitano de Detención de Brooklyn, el MDC, la prisión federal donde Maduro permanece recluido desde el 3 de enero, día de su captura y traslado a Nueva York. Allí, en uno de los complejos penitenciarios más duros del sistema metropolitano, comienza la vida carcelaria de quien durante más de una década monopolizó el poder en Venezuela.
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El infierno en la tierra
El MDC impone desde fuera. Es un cubo de hormigón brutalista, levantado en una zona industrial de Brooklyn, junto a la bahía. No hay ornamentos ni gesto arquitectónico que suavice su función. La primera impresión es de masa y clausura. Lo peor, sin embargo, según quienes han pasado por allí, no es la fachada. Es el interior.
«Es el infierno en la tierra», resume Sam Mangel, consultor penitenciario que trabajó durante años con internos en centros federales. Conoce el MDC por el relato de clientes y por experiencia propia en otras prisiones similares. «Está en unas condiciones de abandono total, con falta de financiación, sin suficiente personal. Es un lugar en el que a nadie le gustaría pasar un minuto».
El centro alberga a imputados en espera de juicio o de sentencia definitiva. Por sus módulos han pasado nombres conocidos: el rapero Sean 'Diddy' Combs; Ghislaine Maxwell, la pareja del magnate pederasta Jeffrey Epstein condenada por tráfico sexual; el expresidente hondureño Juan Orlando Hernández; o Hugo 'el Pollo' Carvajal, antiguo jefe de la Inteligencia chavista. También han estado allí figuras del narcotráfico internacional como Ismael 'el Mayo' Zambada. El MDC combina perfiles de alto impacto mediático con reclusos anónimos acusados de delitos federales graves.
Un portavoz de la Oficina Federal de Prisiones (BOP) declinó ofrecer detalles sobre la situación concreta de Maduro. «Por razones de seguridad y privacidad, el BOP no desvela las condiciones de confinamiento de ninguna persona bajo su custodia», señaló.
«El Centro de Detención de Brooklyn es el infierno en la tierra. Está en unas condiciones de abandono total, con falta de financiación, sin suficiente personal. Es un lugar en el que a nadie le gustaría pasar un minuto».
En alojamiento especial
Según fuentes conocedoras de su situación, Maduro ha sido ubicado en la Unidad de Alojamiento Especial, la SHU por sus siglas en inglés. Es la unidad de confinamiento en solitario. Oficialmente, cumple varias funciones: aislamiento disciplinario, prevención de suicidios y protección de internos de alto perfil o en riesgo. En la práctica, implica encierro casi permanente bajo un régimen de aislamiento.
La celda es un espacio reducido, de unos tres metros de largo por dos de ancho, con una cama metálica, un retrete, un lavabo y una ventana estrecha por la que apenas entra luz natural. Los internos en la SHU pueden salir tres veces por semana durante una hora, siempre con grilletes en pies y manos y escoltados por dos guardias. En ese tiempo pueden ducharse, usar el teléfono –hasta un máximo mensual–, acceder al correo electrónico supervisado o salir a un pequeño patio enrejado al aire libre.
Muchos internos célebres pasan primero por la SHU bajo protocolos de prevención de suicidio, entre 72 horas y una semana. En el caso de Maduro, las fuentes apuntan que el aislamiento responde a razones de seguridad prolongadas. Es, probablemente, el recluso de más alto perfil en la historia del centro. Las autoridades no pueden permitirse un incidente. El relato de sus gritos nocturnos fue transmitido a ABC por los abogados de uno de los presos que se encuentra en un módulo cercano, también venezolano.
Los internos en la unidad de aislamiento solo pueden salir de sus celdas tres veces por semana durante una hora, siempre con grilletes en pies y manos y escoltados por dos guardias.
El encierro
En el expediente judicial no aparece la palabra aislamiento. Lo que sí consta es el punto de partida legal de su encierro. El 5 de enero compareció ante el juez Alvin Hellerstein, en Manhattan. Allí se identificó como «presidente de la República de Venezuela», afirmó que estaba «secuestrado» y sostuvo que había sido capturado en su casa de Caracas. El juez le respondió que habría «un momento y un lugar» para discutir la legalidad de su captura, pero no ese día. Se le notificaron sus derechos. Dijo que no los conocía hasta ese momento. Se declaró inocente. Y quedó en prisión preventiva.
Desde entonces, el proceso avanza en dos planos. El visible es el judicial: acusaciones de narcoterrorismo, conspiración para introducir cocaína en Estados Unidos, uso y posesión de ametralladoras y artefactos destructivos. La defensa ha anunciado una litigación «voluminosa y complicada» y ha situado como eje central la impugnación de su captura, que califica de «abducción militar».
El otro plano es el carcelario. Según esas fuentes, Maduro pasa las noches enteras gritando en español desde su celda. Repite que ha sido secuestrado. Pide que transmitan mensajes a su familia y a otros venezolanos presos. En esa escena hay una inversión radical de su figura pública. El hombre de las emisiones televisivas obligatorias, de los balcones del Palacio de Miraflores, de los actos multitudinarios, reducido a una voz que golpea una puerta metálica en Brooklyn. El mismo que hasta hace poco bailaba en televisión y se mostraba desafiante ante Washington.
Malas condiciones
El entorno no es favorable. El MDC arrastra una reputación de condiciones deficientes: falta de personal, problemas de calefacción en inviernos pasados, plagas de roedores y atención médica limitada. En diciembre murió un recluso por fallos en la detección de un cáncer de pulmón, según registros públicos. Las quejas por frío y humedad han sido recurrentes.
El expediente deja constancia de otro elemento: la salud. En la primera audiencia, su abogado informó al juez de que existían asuntos médicos que requerían atención. Se pidió autorización para tramitar el formulario necesario y garantizar tratamiento adecuado durante la prisión preventiva. No se detallaron las dolencias. El juez ordenó coordinarlo con la Fiscalía.
También consta que tanto Maduro como su esposa, Cilia Flores, solicitaron una visita consular venezolana y que el tribunal ordenó facilitarla. El 30 de enero se produjo esa visita, según un escrito posterior, y fue uno de los pocos puntos de contacto formal en medio del aislamiento.
Félix Plasencia, diplomático de carrera y exministro de Relaciones Exteriores de Venezuela entre 2021 y 2022, ha sido designado recientemente como representante diplomático de Venezuela ante Estados Unidos, en un intento por reabrir presencia oficial tras años de ruptura de relaciones.
Su llegada a Nueva York, en lugar de establecerse primero en Washington, responde en parte a la necesidad de estar cerca de Maduro y participar en los encuentros consulares y diplomáticos mientras el proceso judicial avanza.
Hay otra dependencia más prosaica: la económica. La defensa solicitó licencias al Tesoro para poder cobrar honorarios con fondos procedentes del Gobierno venezolano, que, según alegó, asume los gastos del presidente y la primera dama bajo la ley venezolana. La licencia concedida inicialmente fue modificada en el caso de Maduro para impedir esa financiación directa. La defensa sostiene que no puede costearse por sí mismo la representación legal.
Mientras los abogados preparan mociones y estrategias, la rutina de la SHU se impone. Recuentos constantes. Luces que no se apagan del todo. Puertas que se abren y se cierran según horario. Reclusos que gritan en la noche, golpean los barrotes, insultan o sufren episodios psiquiátricos. «Es una situación miserable, deshumanizante», dice Mangel.
Recuentos constantes. Luces que no se apagan del todo. Puertas que se abren y se cierran. Reclusos que gritan en la noche, golpean los barrotes, insultan o sufren episodios psiquiátricos
Afuera, Nueva York ha acumulado mucha nieve y viento cortante. Dentro, el tiempo no se mide por estaciones, sino por turnos de comida y minutos de llamada. La prioridad oficial es que no le ocurra nada antes del juicio. La realidad cotidiana es una celda estrecha y un aislamiento que, aunque descrito como protección, se parece mucho al castigo.
Así transcurre su encierro: entre escritos judiciales en los que sus abogados discuten la inmunidad soberana y la legalidad de su captura, y noches largas en una unidad donde la llamada protección se traduce en una soledad casi total. El proceso avanza en los tribunales; el aislamiento se impone en la celda.
Esa es, por ahora, la condición de Nicolás Maduro en Brooklyn. No la del jefe de Estado rodeado de ministros, escoltas y cámaras, sino la de un acusado en prisión preventiva, sometido a un régimen de aislamiento y a la rutina estricta de un centro federal, a la espera de un juicio que puede tardar meses o incluso años en celebrarse. En un edificio de hormigón frente a la bahía de Nueva York, donde el poder ya no decide horarios ni abre puertas, y donde las noches no se acortan por decreto.
Con información de ABC

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