Cuando la esperanza emprende: pasaron de sobrevivir en las calles y el conflicto armado a crear empresa
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Antes de tener un local comercial, Diego Buitrago vendía ropa en la calle. Pasaba horas expuesto al sol, la lluvia y el frío mientras ofrecía camisas a $5.000. A cientos de kilómetros, años antes, Yuleima Arenas había tenido que abandonar su pueblo, desplazada por la violencia.
Sus caminos fueron completamente distintos, pero terminaron encontrándose en un mismo lugar: San Victorino, uno de los sectores comerciales más tradicionales e importantes de Bogotá, donde hoy ambos se consolidan como microempresarios que comenzaron desde abajo y sin un solo peso en sus bolsillos.
Yuleima y Diego atienden dos de los 747 locales que conforman el Centro Comercial Lo Nuestro, uno de los centros de comercio mayorista más grandes del país. Allí, fabricantes y vendedores de jeans, ropa, calzado, accesorios y otros productos se abren paso cada día en un sector que anteriormente fue conocido por albergar la temida calle del Cartucho.
Del puesto en la calle a su propio negocio
Diego tiene 25 años y comenzó a trabajar en el comercio cuando tenía 17. Paradójicamente, recuerda que algunos de sus mejores días eran cuando llovía. Clientes que ya lo habían visto regresaban y terminaban comprándole mientras él seguía atendiendo su puesto en plena calle.
Su objetivo era pasar de la informalidad a tener un negocio propio y comenzar a vender también a comerciantes mayoristas. Hace 3 años encontró en Lo Nuestro un espacio para ofrecer sus productos y comenzó con 20 referencias de camisas.
Hoy asegura que su negocio ha crecido en un 5%. Cada vez más clientes lo buscan y, ante la temporada de fin de año, ya prepara personal adicional para atender el aumento de compradores.
Una máquina de coser después de la violencia
La historia de Yuleima comenzó mucho más lejos de San Victorino. Es oriunda de la región de Tibú, Norte de Santander, y en el año 2.000, según relata, ella y otros campesinos tuvieron que abandonar sus tierras debido a la presencia de grupos armados ilegales.
Llegó primero a Cúcuta, donde aprendió confección. Hace aproximadamente una década, junto con su esposo, comenzó a ahorrar hasta reunir el capital necesario para montar un taller que confeccionaba prendas para otros emprendedores.
Pero ella quería dar otro paso: vender directamente aquello que sabía producir. Montó su propia fábrica y, hace cerca de dos años, comenzó a buscar locales. Tocó puertas, encontró obstáculos y finalmente llegó al Centro Comercial Lo Nuestro.
Comenzó con un pequeño espacio y, antes de cumplir su primer año, el crecimiento del negocio la llevó a abrir un segundo local. Hoy su fuerte son los jeans para hombre y mujer.
Según su testimonio, actualmente más de 25 personas participan en la producción de su empresa.
Las historias de Yuleima y Diego reflejan también las de los más de 1.400 comerciantes provenientes de distintos rincones de Colombia que hoy trabajan día y noche en San Victorino.
Historias de esfuerzo, trabajo y perseverancia que mantienen vivo uno de los corazones comerciales de Bogotá. Por eso, la invitación es a visitar, valorar y apoyar Lo Nuestro.

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