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      Las estadísticas del silencio: Desaparecidos...los desaparecidos

      14 de julio de 2026 | 14:36
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      Por Jorge Pérez

      Hay una madre que, desde hace veintiún días, despierta cada mañana con el mismo ritual. Toma su teléfono, revisa las listas publicadas durante la madrugada, vuelve a escribir el nombre de su hijo en otra plataforma de búsqueda, responde llamadas de desconocidos que aseguran haberlo visto y, antes de que termine el día, regresa al lugar donde alguna vez estuvo el edificio que hoy es apenas una montaña de concreto. Ella todavía no sabe si debe seguir esperándolo o empezar a llorarlo.

      Como ella, miles de familias venezolanas viven suspendidas entre la esperanza y el duelo. No tienen un certificado de defunción, pero tampoco tienen una respuesta. Tienen un nombre, un rostro, una fotografía y una ausencia que nadie ha podido explicar. En cualquier parte del mundo esas personas reciben un nombre preciso: desaparecidos.

      Sin embargo, en Venezuela parece haber ocurrido algo todavía más grave. Los desaparecidos también han desaparecido de las estadísticas oficiales.

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      Desde el primer día de la tragedia, el Estado ha difundido partes diarios donde informa sobre fallecidos identificados, heridos atendidos, toneladas de ayuda humanitaria distribuidas, litros de agua entregados, maquinaria desplegada, viviendas intervenidas y número de funcionarios movilizados. Pero hay un dato cuya ausencia resulta tan elocuente como inquietante: ¿cuántos venezolanos continúan desaparecidos?

      Ese silencio no puede considerarse un simple detalle administrativo. Es una omisión que pesa sobre miles de familias.

      Diversos medios, agencias internacionales y organizaciones han señalado que existen decenas de miles de reportes de personas cuyo paradero sigue siendo desconocido, recopilados mediante plataformas ciudadanas digitales y redes de búsqueda. Son estimaciones, no cifras oficiales, precisamente porque el Estado que es a quien corresponde en cualquier nación del mundo no ha publicado un registro consolidado y transparente. Esa ausencia de información no reduce la dimensión de la tragedia; la agrava.

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      La ciencia y la experiencia internacional en operaciones de búsqueda y rescate son contundentes. Las primeras horas después del colapso de una estructura resultan decisivas. Con el paso de los días, las probabilidades de encontrar sobrevivientes disminuyen drásticamente y, transcurridas tres semanas, los rescates con vida se convierten en hechos excepcionales. En ese momento, la prioridad de las autoridades suele concentrarse en la recuperación, identificación y entrega digna de las víctimas a sus familias.

      Precisamente por ello, el silencio oficial adquiere una dimensión aún más dolorosa. Porque mientras el tiempo avanza inexorablemente, miles de familias siguen sin saber si continúan esperando un milagro o si llevan semanas llorando a un ser querido cuyo destino nadie les ha querido confirmar.

      Un Estado serio entiende que las estadísticas no son simples números. Detrás de cada registro existe una persona, una historia y una familia. Contar a los desaparecidos no es un ejercicio burocrático; es una obligación moral, humanitaria y democrática. Es el primer paso para garantizar verdad, transparencia y dignidad.

      Cuando un gobierno evita informar cuántas personas siguen desaparecidas, inevitablemente surgen preguntas que jamás deberían existir en medio de una emergencia nacional. ¿Se desconoce realmente la magnitud de la tragedia? ¿No existen mecanismos para consolidar esa información? ¿O simplemente se teme el impacto político que produciría reconocer públicamente la verdadera dimensión del desastre?

      En una verdadera democracia, esas preguntas deberían responderse con datos. En los regímenes opacos, en Estados fallidos suelen responderse con silencio.

      Y el silencio también comunica.

      Comunica miedo. Comunica improvisación. Comunica incapacidad, ineptitud. Pero, sobre todo, comunica una preocupante indiferencia hacia quienes todavía esperan noticias de sus seres queridos.

      La tragedia no termina cuando cesan los rescates. Tampoco cuando disminuyen las cámaras de televisión o cuando la atención internacional comienza a dirigirse hacia otra crisis. La tragedia continúa mientras exista una sola familia esperando una respuesta que nunca llega.

      Las sociedades no se miden únicamente por la forma en que rescatan a sus víctimas, sino también por la forma en que las nombran. Mientras exista un solo venezolano cuyo destino permanezca oculto entre los escombros y el silencio oficial, la tragedia seguirá abierta. Porque un desaparecido no deja de existir cuando deja de respirar; desaparece por segunda vez cuando el Estado deja de contarlo.

      Ese es el drama de la Venezuela de hoy: no solo hay miles de familias buscando a quienes aman. Hay también un país buscando la verdad entre los escombros del silencio. Porque hay algo peor que desaparecer bajo el concreto de una tragedia: desaparecer también de la memoria oficial.

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