“Las teníamos drogadas”: La confesión desde prisión del hombre condenado por el secuestro de Carolina y Cintia Zuluaga
Desde una cárcel del Valle del Cauca, Óscar Albeiro Bados revive el secuestro de Carolina y Cintia Zuluaga, uno de los casos más impactantes de 2009. Droga, cautiverio, miedo y una liberación que marcó a Colombia.
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En febrero de 2009, el secuestro de Carolina y Cintia Zuluaga sacudió a Cali y mantuvo al país en vilo durante semanas. Primero fue liberada Cintia, ciudadana colombo-estadounidense. Luego, Carolina. Detrás de ese crimen, que marcó una época de temor y titulares, estaba Óscar Albeiro Bados Peñaranda, hoy condenado a 48 años de prisión.
Diecisiete años después, desde la cárcel de Jamundí, Bados habló con el periodista Rafael Poveda en el pódcast Más Allá del Silencio, y reconstruyó, paso a paso, cómo pasó de ser un cobrador del norte del Valle a protagonista de uno de los secuestros más recordados del país.
Bados relata que su historia comenzó temprano. A los 15 o 16 años, en el municipio de La Victoria, empezó a relacionarse con estructuras criminales del norte del Valle, una región marcada por guerras, ajustes de cuentas y narcotráfico.
“Uno empieza haciendo mandados… hasta que se gana la confianza y se acerca a los pesados”, recuerda. Primero lavaba carros, cuidaba motos y hacía encargos menores. Luego vinieron los cobros, las amenazas y la violencia. Con el tiempo, pasó de ser mensajero a convertirse en ejecutor.
El plan que terminó en secuestro
En 2007, ya bajo órdenes directas de un jefe poderoso, fue enviado a Cali para investigar a la familia de un hombre fallecido que había dejado una deuda de entre 2.500 y 3.000 millones de pesos, ligada al narcotráfico.
El objetivo inicial no eran las hijas, sino la madre: Pilar, viuda del deudor. El plan era presionarla para que entregara propiedades: locales comerciales y una discoteca.
“La idea era hacerlo por las buenas. Nunca pensamos que terminaría así”, afirma. Cuando el intento legal fracasó, la orden fue clara: cobrar “por el lado malo”.
Carolina y Cintia fueron contactadas a través de una supuesta intermediaria interesada en comprar la discoteca familiar. Tras varias reuniones, se acordó un encuentro.
Ese día, un taxi las recogió. Nunca llegaron a la cita. “Cuando me dijeron ‘ya las tenemos’, supe que no había vuelta atrás”, confiesa Bados.
Las mujeres fueron trasladadas en el baúl de un carro hasta una caleta, una casa adaptada para el cautiverio.
Cautiverio, drogas y miedo
En la vivienda, Carolina (21 años) y Cintia (35) fueron amarradas a las camas. Para mantenerlas tranquilas, les suministraban somníferos mezclados en bebidas y comida.
“Las manteníamos dopadas para que no gritaran”, admite. Bados permanecía con ellas las 24 horas del día. Con el paso de los días, algo empezó a cambiar.
Mientras Cintia se mostraba agresiva y llegó a intentar escapar, Carolina despertó en su captor un sentimiento distinto.
“No fue amor, pero sí un sentimiento… creo que fue el síndrome de Estocolmo”, dice.
La soltó, le hablaba, le llevaba comida especial y hasta postres cuando se los pedía. Incluso llegó a dejarle un teléfono, con la esperanza de que llamara a su familia o a las autoridades. Nunca lo hizo.
Semanas después, Bados recibió una llamada inquietante. “Me dijeron que iban a liberar a una y que a mí me iban a matar en el operativo”. El 8 de marzo de 2009, Día de la Mujer, se cumplió parte de la advertencia: Carolina fue liberada. Bados quedó con Cintia, esperando un final que parecía inevitable.
El 21 de marzo, aprovechó una distracción. Subió el volumen de la música, abrió la puerta del cuarto y huyó. Minutos después, mientras tomaba una bebida en una tienda cercana, vio llegar motos y camionetas.
“Era el Gaula. Llegaron directo a la casa”. Bados escapó, destruyó los teléfonos y regresó caminando a su pueblo.
Liberaciones, persecución y una decisión final
Cuando se confirmó la liberación de Cintia y, semanas después, la de Carolina, sintió alivio. Pero ya estaba marcado. Lo siguieron, intentaron matarlo y lo hirieron de bala.
“Ahí entendí que huir solo iba a empeorar todo”. Pese a tener rutas de escape hacia Venezuela o Ecuador, decidió entregarse.
Hoy, con 45 años, Bados cumple una condena de 48 años. Perdió a su madre sin poder despedirse y lleva más de una década sin ver a su hija.
“No hay condena que pague el daño que uno hizo”, reconoce. Desde prisión, pidió perdón a las familias de Carolina y Cintia Zuluaga y admite que el secuestro destruyó más vidas de las que imaginó.
El secuestro de Carolina y Cintia Zuluaga sigue siendo una herida abierta en la memoria de Cali. Su historia, reconstruida ahora desde la voz de uno de sus protagonistas, revela cómo la violencia, el dinero y las decisiones equivocadas pueden arrastrar a todos, víctimas y victimarios, a un punto sin retorno.

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