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      "NO LOS VAMOS A DEJAR AHÍ": a un mes de los terremotos, en La Guaira los sobrevivientes aún buscan a sus muertos

      24 de julio de 2026 | 08:06
      Cortesía
      Cortesía
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      Javier Navarro descansa sobre una montaña de botas de hule. Tiene los ojos rojos por el polvo, la falta de sueño que amortigua con un cigarro tras otro y los momentos en los que llora de rabia y dolor, como cuando reclamó a quienes operan las maquinarias que no avanzaran en las demoliciones de los edificios colapsados. 

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      Perdió a nueve familiares en una de las enormes torres de la Misión Vivienda en Caraballeda que cayeron tras los sismos del 24 de junio. Esta semana esperaba las cenizas de su madre, la última que lograron sacar, pero aún le quedan cuatro cuerpos dentro.

       

      Los fallecidos por los terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 han superado los 5.300, según el más reciente parte publicado por el Gobierno. Por la cantidad de personas que, un mes después, aún esperan en los alrededores de algunos edificios, muchos calculan que todavía quedan centenares de víctimas bajo los escombros. En los balances oficiales no se especifica si los cuerpos recuperados son de hombres, mujeres o niños, ni en qué sectores vivían. Tampoco se habla de desaparecidos. No se sabe cuántos faltan. El contador de muertos aumenta cada día sin que esté claro en qué momento y en qué número se detendrá.

       
      Las personas que han perdido sus viviendas son más de 17.000 y la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, entregó esta semana los primeros 240 apartamentos. Al mismo tiempo, la mandataria —que impone medallas a perros y rescatistas y anuncia planes de reconstrucción— intenta gestionar el desastre bajo la tutela de Washington, en un país que ya vivía en un terremoto institucional y político desde la intervención militar estadounidense del 3 de enero de este año.

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      “Perdí a mi mamá, mi abuela, una hija, un nieto, mi hermana, mi sobrino, mi padrastro, todas las amistades que teníamos ahí”. 

      Javier intenta nombrarlos a todos, pero la memoria no lo ayuda. Ha pasado un mes entero al pie de las ruinas donde vivió durante más de una década con su familia. 

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      En 2014 fue desalojado de la Torre de David, un rascacielos financiero inconcluso en el centro de Caracas —abandonado tras una crisis bancaria— que varias familias ocuparon por falta de vivienda. 

      El edificio se convirtió en una favela vertical y también en un fenómeno expositivo de la Bienal de Venecia. De aquellas ruinas los trasladaron a las de las hoy desplomadas OPP, identificadas así por las siglas de la Oficina de Planes Presidenciales que las construyó.

      Javier ha abandonado, por el momento, el trabajo sobre los escombros, al menos en la búsqueda de sus propios familiares.  

       

      Lo hace, dice, para cuidarse emocionalmente. “Yo puedo ver el muerto que sea, pero los míos no. Quiero recordar a mi familia bonita, como era”, afirma. Mientras otros voluntarios lo ayudan con los suyos, coordina desde una carpa que él mismo levantó la entrega de mascarillas, guantes, botas de hule, agua, tijeras, comida, martillos, picos, palas y taladros que ha conseguido a través de donaciones. Hay bombonas de gas para las máquinas de oxicorte de las cabillas y plantas eléctricas que presta. 

       

      Es la forma en que se sostiene el trabajo de centenares de voluntarios y rescatistas que ayudan a recuperar cadáveres en La Guaira.


      —¿Qué necesitas para sacar a tu familia? ¿Un martillo? —pregunta Javier a un hombre que se acerca.

      La mañana transcurre en la carpa que él llama “centro de logística”, donde todos pasan a saludarlo.

      —No le des nada a nadie que no esté sucio —advierte Javier a una mujer que lleva el registro de las entregas en un cuaderno.

      Con el paso de los días —varios lo comentan— han comenzado a aparecer personas que no participan en las labores de ayuda, pero sí buscan beneficiarse de las donaciones que han llegado a La Guaira. Con el paso de los días también empiezan a escasear los suministros. La falta de agua ya se siente, se reclama y amenaza con profundizar la crisis. Por la carpa de Javier pasan civiles, bomberos y militares. Todos comparten la misma precariedad ante la falta de equipos necesarios para emprender la recuperación de cuerpos en el mayor desastre que ha vivido Venezuela en tiempos recientes. Una tarea que en otros países está a cargo de especialistas en rescate en estructuras colapsadas aquí ha quedado en manos, casi literalmente, de la gente.

      Javier tiene 36 años y se ha convertido en un líder en medio del desastre. Organiza cuadrillas de hombres para trabajar en los edificios colapsados, como hacía antes del 24 de junio, cuando se ganaba la vida con remodelaciones y construcciones en Caracas. Ahora coordina rescates de cuerpos en otros edificios de La Guaira, donde familias más pequeñas que la suya luchan contra los pesados cascotes. Mientras revisa las tallas de las botas por entregar, cuenta que una clienta lo llamó hace unos días para decirle que la reciente obra que había hecho en su casa no sufrió daños con los terremotos.

      —Ni una raja le salió —dice—. Eso me contenta.

      En las OPP cada familia ha cavado su propio túnel para llegar a los cuerpos. El que abrió la cuadrilla de los familiares de Navarro tiene unos diez metros de profundidad, ventiladores y un cordón de bombillos que ilumina el camino. Llega a los apartamentos del primer piso de una torre de doce plantas, sepultados bajo toda la mole de concreto. Se recorre arrastrándose hasta alcanzar un espacio donde pueden permanecer sentados excavando el tiempo que los pulmones se los permitan. Detrás de una columna que deben romper están su padrastro y otros familiares.

      —Es el túnel del infierno.

      Así lo llaman todos, porque aseguran que hay partes de cuerpos que alcanzan a verse entre las rendijas del derrumbe.

      “No tenía idea de cómo hacer esto. Solo tengo experiencia en la construcción, pero ahí hemos estado, ayudando a los demás porque son seres humanos”, comenta Eddy Ponce, de 35 años, que llegó hace unos días como voluntario. “Hay que luchar con el sol, las moscas y las cabillas. La vida de uno corre peligro”, agrega mientras recoge un tapabocas nuevo.

      “Aquí ya somos hasta forenses”, dice Juan Carlos Marcano, de 40 años, que también se abastece de herramientas en la carpa de Javier. Busca a su sobrina y aún no la ha encontrado, pero ha recuperado diez cuerpos de otras familias. “Si me hubieran preguntado hace un mes si era capaz de hacer esto, habría dicho que no. Lo más duro es la cantidad de niños que he visto bajo esos escombros”, relata el comerciante informal. “Todos los que vivimos esto necesitamos ayuda psicológica. Pero no me puedo preocupar por mí, porque hay gente que necesita más ayuda, que tuvo pérdidas mayores. No puedo sentir el dolor de una madre o de un hijo que perdió a su madre. Yo siento un dolor de tío. Cada quien tiene su dolor”, dice.

      La hermana de Juan Carlos espera que complete la misión de sacar el cuerpo de su hija para marcharse definitivamente de La Guaira. “Hay gente que ya no soporta estar aquí”, afirma. Sin ninguna experiencia previa, Juan Carlos dice que sobre los edificios caídos todos funcionan como un reloj: cada quien acerca una pala, mueve un martillo o lleva un café para que la enorme maquinaria humana no se detenga.


      Quienes sí saben cómo entrar en estructuras colapsadas también se sienten desbordados. María Andrade, de 43 años y con nueve de servicio como bombera en Yaracuy, lleva 15 días de trabajo sin posibilidad de relevo. En su estado, donde se ubicó el epicentro del terremoto y apenas hubo daños, las inundaciones han abierto una nueva emergencia. “Es muy duro lo que está pasando. Me solidarizo con toda la gente de La Guaira”, dice mientras espera unas botas y una bolsa de comida.

      Su compañero, Asdrúbal Meléndez, entra al puesto de Javier a pedir algo para combatir las moscas, que hacen casi imposible el trabajo, el descanso y la alimentación. “Esta es una experiencia psicológica muy fuerte. Nosotros estamos preparados, pero no para algo de esta magnitud. Son muchos muertos”, comenta. El rescatista cuenta que esta semana recuperó los cuerpos de una familia de cuatro miembros. “Ellos querían sacarlos completos, pero tuvimos que hacer una maniobra y a uno tuvimos que romperlo”, lamenta. Con una grúa especializada, explica, se podría levantar losa por losa y comprobar si hay restos antes de retirar los escombros. “Nada hacen con meter máquinas de triturar, porque así nadie va a poder ser reconocido”, critica.

      La preocupación por lo que viene es permanente. A media mañana llega a la carpa uno de los integrantes de la cuadrilla de Javier y avisa que tuvieron que salir de los túneles. La vibración de la maquinaria encendida se siente como otro terremoto dentro de las ruinas. “Que ni se les ocurra demoler, porque voy a correr a todos esos perros con las máquinas”, protesta Javier. “No queremos que nos piquen a nuestros muertos. La gente no va a dejar a sus muertos ahí. Hay quienes dicen que no se pueden sacar, pero nosotros decimos que sí”, afirma.

      Un mes después, es evidente el pulso entre quienes buscan cuerpos y quienes recogen los edificios colapsados en la zona cero de los terremotos. En algunos de los bloques caídos donde ya no queda gente han dejado mensajes: “No demoler”. En otros han colgado carteles para subrayar que se trata de una “propiedad privada”, la antesala a la batalla por venir de los sobrevivientes por los terrenos donde estaban sus viviendas.

      Estos días el sonido de fondo en La Guaira no es el mar, sino el de los motores y las palas de las retroexcavadoras desplegadas por el Gobierno. Si en los primeros días las calles estaban colapsadas por ambulancias, vehículos de rescate y miles de voluntarios llevando ayuda, ahora lo que más circula por la vía principal de esta ciudad costera son camiones que transportan escombros de un lado a otro.

       

      Con información de El País

       

       

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